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Suiza: El riesgo ignorado

  • 15 ene
  • 2 Min. de lectura

Lo que una tragedia en Suiza revela —y lo que México haría bien en no ignorar

El 2 de enero, un incendio en un bar de la estación alpina de Crans-Montana sacudió a Suiza y al resto del mundo. Decenas de personas murieron atrapadas mientras celebraban el inicio del año. El fuego avanzó con rapidez, alimentado por materiales inflamables, pirotecnia improvisada y una infraestructura que no respondió a una emergencia real.

Lo notable no fue solo la magnitud de la tragedia, sino el lugar donde ocurrió. Suiza no es sinónimo de improvisación. Es el arquetipo del orden, la planeación y la prevención. Precisamente por eso el incendio resulta tan revelador: demuestra que ningún sistema está a salvo cuando la vigilancia se relaja y el riesgo se normaliza.

Las investigaciones iniciales apuntan a una combinación conocida: inspecciones distantes en el tiempo, reformas mal evaluadas, aforos elevados y salidas insuficientes. Nada extraordinario. Todo perfectamente evitable. El desastre no llegó de golpe; se fue construyendo lentamente, decisión tras decisión, omisión tras omisión.

Aquí aparece el espejo incómodo para México.

En nuestro país, solemos explicar las tragedias a partir del desorden: corrupción, informalidad, falta de recursos o ausencia de autoridad. El incendio suizo desmonta esa narrativa. El problema no es solo la precariedad; es la falsa sensación de control. Incluso en sistemas robustos, el riesgo se infiltra cuando las normas dejan de revisarse, cuando los permisos se vuelven rutina y cuando la seguridad se entiende como trámite, no como proceso vivo.

México conoce bien este guion. Centros nocturnos sin rutas de evacuación visibles, extintores simbólicos, aforos que se multiplican en fechas festivas y protocolos que existen solo en documentos archivados. La diferencia no es estructural, es cultural: la tolerancia al riesgo cotidiano.

En Suiza, la tragedia abrió un debate inmediato sobre responsabilidades penales, supervisión estatal y rediseño normativo. En México, ese debate suele diluirse con el tiempo, hasta que otra catástrofe vuelve a recordarnos lo mismo. El incendio alpino plantea una pregunta incómoda: ¿Cuántas tragedias más necesitamos para dejar de reaccionar y empezar a prevenir?

La lección no es copiar modelos europeos, sino comprender algo más básico: la prevención no es una condición permanente; es un ejercicio constante. Se pierde cuando se confía demasiado en ella. Y se paga caro cuando falla.

Las catástrofes no distinguen entre países “modelo” y países “en desarrollo”. Solo entre sociedades que toman el riesgo en serio y aquellas que aprendieron a convivir con él. El incendio de Crans-Montana no es una anomalía suiza. Es una advertencia universal.

Ignorarla sería, también, una decisión.

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