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EL SILENCIO TAMBIÉN COMUNICA: LOS ABUCHEOS AL VICEPRESIDENTE J. D. VANCE

  • 12 feb
  • 3 min de lectura

El pasado 6 de febrero, durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán-Cortina, James David Vance, el Vicepresidente de Estados Unidos, apareció junto a su esposa Usha en la pantalla grande del estadio de San Siro. ¿El resultado? Abucheos de fondo y un político que se mantuvo sereno mientras continuaba aplaudiendo.

Hasta el momento, no han existido declaraciones por parte de Vance; sin embargo, ese momento formó parte de los encabezados de varios medios periodísticos.

La razón es sencilla: en medio de un contexto de amplias tensiones, ese acontecimiento representó un acto político-comunicativo, en el que el cuerpo transmitió más información que miles de declaraciones.

El episodio de San Siro funciona casi como un experimento social sobre comunicación no verbal.

Un líder político aparece en un entorno adverso para recibir desaprobación pública in situ, sobre la cual debe reaccionar sin tiempo para preparar un mensaje.

Lo relevante no es lo que dijo, porque no dijo nada; lo relevante es lo que mostró con su cuerpo.

Lo primero que se observa es una postura erguida, con el torso recto y la barbilla ligeramente elevada. Este gesto, ampliamente descrito por especialistas en el ámbito, se asocia con una percepción de estatus y seguridad.

Aunque no implica arrogancia, sí compromete la intención de proyectar cierto control sobre el espacio.

Durante el abucheo, aparece una ligera apertura de labios que –en contraste con la de los jugadores olímpicos– no necesariamente compromete una sonrisa de felicidad; sino, una sonrisa social que puede significar una estrategia de regulación emocional frente a la situación.

Ese detalle es crucial, pues los abucheos implican un rechazo público, un voto emocional negativo y, en este caso, posiblemente una desaprobación política. 

Frente a este entorno emocional negativo, la “sonrisa” de Vance se antepone como un sistema de defensa y supervivencia que, además, se conjuga con una tensión facial, una mirada fija y sostenida, y una rigidez mandibular cercana al puchero.

La mirada, por ejemplo, fortalece esta idea, pues –en lugar de observar a la audiencia del estadio o bajar la vista– el político miró hacia la cámara.

Este pequeño detalle modifica el destinatario del mensaje: el público del estadio deja de ser la audiencia principal, la audiencia televisiva pasa a ser la que le importa. ¿Será que también lo abuchearon del otro lado de la pantalla?

Si consideramos especialistas como Erving Goffman, el comportamiento de Vance sería un ejemplo de face work, es decir, un conjunto de acciones que realiza un individuo para alinear su conducta con la autoimagen que proyecta hacia los demás durante una interacción social.

Es un ritual de autorregulación para evitar la humillación, la vergüenza o la pérdida de prestigio.

Y es aquí donde surge la razón por la que el episodio se volvió viral: el entorno exhalaba desaprobación, pero Vance expresaba regulación.

Es posible que, por estas razones, las interpretaciones se polarizaron.

Algunos especialistas calificaron la reacción como un acto de firmeza y autocontrol; otros lo valoraron como un acto de frivolidad y distancia emocional.

En todos los juicios, lo que está de fondo es un mínimo conjunto de expresiones corporales que nos enseñan que, en el ámbito político, la imagen de los líderes no sólo se gobierna por medio de discursos poderosos, sino también por medio de señales visuales. El poder de una de ellas: el silencio en un escenario de crisis.

 
 
 

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