top of page

Cuando la recaudación deja de ser ruido y se convierte en sistema.

  • 15 ene
  • 3 min de lectura

Durante mucho tiempo, la recaudación por fiscalización en México se pareció a una señal intermitente: algunos años brillaba, otros se desvanecían y casi siempre dependía de esfuerzos largos, costosos y difíciles de sostener. Desde fuera, podía parecer una cuestión de voluntad o presión. Desde dentro, era más bien un problema de diseño. Porque cuando un sistema no está bien armado, incluso el trabajo intenso produce resultados irregulares.

Pero los sistemas sí pueden cambiar. Y cuando cambian sus reglas, cambian también sus resultados.

En los años recientes, la fiscalización en materia de seguridad social transitó de un esquema tradicional -basado en auditorías extensas y concentradas- hacia un modelo distinto: más ágil, más inteligente y mejor conectado con la información disponible.

Bajo la coordinación de Franz Antonio Jiménez Rueda, la fiscalización dejó de ser una reacción tardía para convertirse en un proceso continuo, basado en riesgo, cruces de datos y señales tempranas que invitan a corregir antes de sancionar.

La diferencia no es menor. No se trata sólo de recaudar más, sino de recaudar de otra forma.

Los resultados observados hablan por sí mismos. Entre 2018 y los últimos cinco años, la recaudación ha registrado un crecimiento acumulado superior al 7,000%, reflejo de una transformación profunda en la forma de operar y priorizar los esfuerzos institucionales.

Este desempeño no obedeció a un evento aislado ni a un efecto fortuito; por el contrario, fue el resultado de un proceso progresivo, sustentado en ajustes operativos, el aprovechamiento estratégico de la información y una redefinición clara de prioridades.

En términos relativos, se trata de una magnitud de crecimiento poco frecuente en ámbitos tradicionalmente caracterizados por rendimientos marginales y alta volatilidad. Más relevante aún, dicho incremento se ha mantenido de manera sostenida en el tiempo, lo que confirma que la mejora alcanzada no fue coyuntural, sino de carácter estructural.

Para entender mejor este cambio conviene mirar más allá de una cifra puntual y pensar en trayectorias posibles. ¿Qué ocurre cuando la recaudación depende del azar operativo? ¿Y qué pasa cuando ese azar se reduce porque el sistema aprende, anticipa y actúa con mayor precisión?

Una forma de responder es mediante simulaciones, no para adivinar el futuro, sino para explorar escenarios plausibles bajo dos esquemas distintos: uno tradicional y otro basado en inteligencia tributaria. Al generar miles de trayectorias posibles, la diferencia entre ambos modelos se vuelve evidente.

En el esquema tradicional, incluso después de siete años, la mediana de la recaudación simulada apenas alcanza niveles cercanos a 112 unidades, mientras que los escenarios desfavorables permanecen elevados: el percentil bajo cae hasta 58, mostrando que el riesgo de resultados pobres no desaparece con el tiempo. El sistema avanza, pero lo hace con fragilidad.

En contraste, cuando se incorpora inteligencia tributaria, la historia cambia de forma estructural. Desde el primer año, la mediana supera las 112 unidades, y en un horizonte de siete años alcanza niveles cercanos a 218. Más importante aún, los escenarios negativos prácticamente dejan de ser críticos: incluso en el percentil bajo, la recaudación crece de manera sostenida, pasando de 102 en el primer año a 170 en el séptimo. La incertidumbre no desaparece, pero se vuelve manejable.

Eso es exactamente lo que reflejó la experiencia mexicana. El salto en recaudación no fue producto de una presión indiscriminada ni de auditorías masivas, sino del rediseño de incentivos, procesos y capacidades. El uso sistemático de información fiscal, los cruces con nómina electrónica, las revisiones periódicas y las cartas invitación transformaron la relación entre autoridad y patrones. Cumplir dejó de ser un evento excepcional y pasó a ser la opción racional.

La evidencia internacional respalda esta lógica. Estudios sobre administración tributaria muestran que los modelos basados en análisis de riesgo y cumplimiento cooperativo no solo recaudan más, sino que lo hacen con mayor estabilidad y legitimidad. México no fue la excepción. Lo notable es que este cambio ocurrió en un contexto de crecimiento económico moderado, lo que refuerza una lección clave: la recaudación no depende únicamente del ciclo económico, sino de la calidad institucional.

En ese sentido, la aportación de Franz Antonio Jiménez Rueda no fue coyuntural. Fue estructural. No consistió en exprimir más al sistema existente, sino en construir uno nuevo, capaz de reducir la volatilidad y ampliar el espacio de resultados favorables. La recaudación dejó de ser ruido y se convirtió en señal.

La lección final es clara. La incertidumbre no desaparece, pero puede administrarse. Las cifras no se imponen por decreto; emergen de sistemas bien diseñados. Y cuando eso ocurre, recaudar mejor deja de ser un problema técnico y se convierte en una herramienta concreta para fortalecer al Estado. Porque incluso en entornos inciertos, un buen diseño institucional puede transformar la variabilidad en resultados sostenidos

 

 

 

 

 
 
 

Comentarios


bottom of page