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CCH Sur: la ilusión de la normalidad

  • 12 feb
  • 2 min de lectura

El CCH Sur volvió a clases. Hay torniquetes nuevos, reconocimiento facial, accesos controlados. Hay padres que todavía miran hacia atrás antes de soltar a sus hijos en la entrada. Hay estudiantes que caminan por los pasillos sabiendo que algo se rompió y que no se recompone con tecnología.

Cuatro meses después del asesinato de un alumno dentro del plantel, la palabra “normalidad” suena más a deseo que a realidad. La reacción de la Universidad Nacional Autónoma de México fue rápida y visible: protocolos revisados, filtros reforzados, discursos institucionales, mesas de diálogo. El perímetro se blindó.

Pero la pregunta incómoda no es si ahora hay más cámaras.

La pregunta es qué falló antes de que todo ocurriera.

Las tragedias no aparecen de la nada. Se incuban en silencios largos, en reportes que no escalan, en conductas que incomodan pero no se enfrentan, en una cultura que privilegia la continuidad administrativa sobre la intervención temprana. El problema no fue únicamente un objeto punzante cruzando una puerta; fue un sistema incapaz de leer a tiempo una fractura.

La escuela pública mexicana enfrenta hoy una tensión profunda. Para proteger, se fortifica. Para prevenir, vigila. Para recuperar confianza, instala tecnología. Pero la violencia que desborda no siempre se detiene con un filtro de acceso. A veces se gesta en la subjetividad, en la soledad amplificada por pantallas, en el resentimiento cultivado en espacios digitales, en la fragilidad emocional que rara vez ocupa el centro de la política educativa.

Convertir la escuela en un espacio cada vez más controlado puede reducir riesgos inmediatos. También puede normalizar la sospecha como condición de convivencia. La comunidad se convierte en flujo regulado. El estudiante deja de ser sujeto y pasa a ser registro biométrico. La seguridad crece; la confianza se reconfigura.

Lo verdaderamente decisivo ocurrirá cuando la atención pública se diluya. Si las medidas se sostienen. Si los informes se transparentan. Si la atención psicológica deja de ser reactiva y se vuelve estructural. Si los protocolos no se archivan cuando la indignación se enfríe.

CCH Sur reabrió sus puertas. Pero la herida no es arquitectónica; es institucional y cultural. El desafío no es solo impedir que vuelva a ocurrir lo mismo, sino entender por qué ocurrió.

La educación media superior en México está entrando en una etapa distinta. Más vigilada, más tecnológica, más consciente del riesgo. La pregunta es si también será más capaz de escuchar antes de que el daño sea irreversible.

La normalidad que hoy se persigue no es la que se perdió. Es otra, más tensa y más frágil. Y en esa fragilidad se juega el futuro de la escuela pública.

 

 
 
 

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